490-Estanislao del Campo

TU Y YO
El alma del que sufre es noche triste:
toldada está por el pesar sombrío,
y las amargas lágrimas que vierte
son, Lucila, sus gotas de rocío.
Halla quien nace bajo estrella amiga,
florida primavera en su existencia,
y hasta el cielo, propicio, le sonríe
del eter tras la clara transparencia.
Tú de mi amante corazón conoces
el secreto, Lucila, doloroso:
aunque sólo de lejos, has oído
su gemido profundo y angustioso.
Tú no sufriste ni lloraste nunca:
tu vida, sólo ha sido una alborada
teñida, cual las plumas de un flamenco,
por una luz dulcísima y rosada.
El fuego del amor que por tí siento,
voraz, inextinguible, ya ha tornado
en cenizas las flores de mi alma.
¡La lava del volcán invadió el prado!
Tus amores de niña sólo fueron
blandos gorjeos de canoras aves,
brisas del sentimiento, juguetonas,
de las flores del alma, aromas suaves.
Tú, en el romance de la vida mía,
de mi existencia en la novela triste,
hasta hoy llenaste el doloroso cuadro,
hasta hoy, Lucila, la heroína fuiste.
Yo pasé por el cielo de tu vida
como una nube que arrebata el viento,
sin dejar un recuerdo en tu memoria,
sin despertar en tu alma un sentimiento.
Tú eres el agua que me roza el labio,
la fruta que el sentido me enajena,
y un Tántalo yo soy que en vano agito
los anillos de mi áspera cadena.
Yo soy, Lucila, a tus divinos ojos,
estrellas de brillantes resplandores,
más bien que tu amador, un jardinero
de quien recibes con desdén las flores.
Tú eres la inconmovible y desdeñosa,
aunque gentil y bella castellana;
yo, el trovador que canta al pie del muro
sin que se abra a su acento tu ventana.
Tú eres el astro que en el cielo gira
derramando su lumbre refulgente:
yo, el satélite humilde, condenado
a seguir ese giro eternamente.
Tú eres la llama que la brisa leve
hace ondular, apenas, cariñosa;
yo, la víctima triste de ese fuego,
la pobre, enamorada mariposa.
Tú, las aguas tranquilas de tu vida
surcarás dando el lino al blando viento,
como el céfiro corre entre las flores,
como cruza la luna el firmamento.
Yo, el desierto, Lucila, de la mía
recorreré infelice peregrino,
mojando con el llanto de mis ojos
las espinas y piedras del camino.
Yo, en ese largo, fatigoso viaje,
en mi alma llevaré tu imagen bella.
Tú… ¡ni tan sólo pedirás al cielo
un rayiyo de luz para mi huella!
Estanislao del Campo

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